Comenzamos

            Muchos de nosotros venimos de una educación que constantemente nos estaba limitando: nuestros padres nos decían – “no te subas ahí que te vas a caer”- los profesores nos recordaban todos los días que estaba prohibido hablar en clase, mi abuela me increpaba a menudo que las señoritas no se sentaban “despatarradas” y la iglesia ¿os acordáis de los diez mandamientos? Hace unos días escuchaba a una escritora que decía que cuando nacemos todos venimos con nuestra autoestima completa, los niños son un claro ejemplo de amor propio porque ellos piden únicamente lo que necesitan. Esa conexión con nuestras emociones y nuestras necesidades las vamos perdiendo con el tiempo a través de lo que nos van diciendo los adultos, un claro ejemplo de esto son nuestros hábitos en la mesa y con la comida ¿quién no ha oído alguna vez eso de “cómete todo lo que hay en el plato”? A día de hoy yo sigo dejando mi plato de comida limpio. Otro clásico ejemplo de cómo nos van minando la autoestima son los calificativos del tipo “eres tonto”, “eres una vaga” o “vas a terminar limpiando escaleras” (con todos mis respetos hacia ese trabajo que me parece tan digno como cualquier otro).

            El sistema educativo nos preparaba para nuestros futuros trabajos empezando por los horarios (de 09:00 h. a 16:00 h.), imponiendo sus normas, priorizando la lengua o las matemáticas sobre cualquier otra asignatura (sigo sin comprender por qué es obligatorio una – o en ocasiones dos –  horas diarias de esas materias y sólo dos horas a la semana de educación física o ¡una hora a la semana de plástica y música!) y poniéndonos etiquetas que ahora se llaman trastornos por lo que tratan a los niños como si fuesen enfermos: cuando era pequeña decían que me pasaba el día mirando a las moscas y ahora se llama “déficit de atención” y si encima eras muy inquieto eras un trasto (o malo), hoy tienes “TDAH. En todas las clases estaba el gamberro, el gordo, el tonto y unos cuantos vagos. Si te juntabas con las chicas eras un “marica” y si jugabas con los chicos eras una “marimacho”.

            A muchos nos metieron la idea en la cabeza de que lo ideal era tener un trabajo estable, que teníamos que obedecer y dar lo mejor de nosotros para que nos hiciesen fijos o que nos preparásemos una oposición. Para triunfar en la vida tenías que tener una carrera porque, por aquel entonces, la Formación Profesional era para todos esos “vagos”, “tontos” e hiperactivos que había en las aulas. Poco a poco la sociedad nos va catalogando para nuestra vida futura, nos va cortando las alas.

            Hoy somos muchos los que estamos en un trabajo estable que no nos hace felices y en el que nos sentimos atrapados porque nos da la estabilidad económica que tanto necesitamos, nos permite sacar adelante a nuestras familias y pagar nuestras hipotecas (otros dos inventos más de la sociedad para mantenernos “idiotizados”).

Muchos de nosotros tenemos estudios superiores y al terminarlos nos encontramos con que no había trabajo relacionado con esos estudios y nos conformamos con hacer otro tipo de empleo de baja cualificación porque “al menos te pagaban un sueldo decente y nos hacían indefinidos”. En otros casos, tuvieron la suerte de encontrar un trabajo relacionado con lo que habían estudiado pero llegó el día en el que se dieron cuenta que no les llenaba lo que hacían y necesitaban un cambio. Existe, además, otro grupo que estudió con entusiasmo alguna profesión y cuando llegaron al terreno laboral se encontraron con empleos en el que se les pedía mucha dedicación que no se correspondía con lo que se encontraban en la nómina a final de mes.

            Ahora sabemos que el “yo soy así” ya no sirve, que podemos cambiar si nos lo proponemos, podemos controlar nuestros pensamientos y dominar nuestros miedos. Que no tenemos por qué conformarnos con el trabajo que hacemos aunque tengamos cuarenta, cincuenta o, incluso, sesenta años. Podemos trabajar para encontrar nuestra pasión y encontrar la manera de ganar dinero con ello. 

Ya nos lo decían los libros pero nuestro entorno en muchos casos nos frenaba cuando decidíamos ponernos a la acción con frases del tipo “estás loco”, “eso es muy difícil”, “Piénsalo bien, tienes un trabajo fijo”, “ya eres muy mayor, déjate de tonterías”. Internet nos ha ofrecido la posibilidad de encontrar a gente que tiene los mismos intereses que nosotros y eso nos hace más fuertes porque nos da ese empuje que necesitamos y, a pesar de que la red está llena de muchos vendedores de humo, nos encontramos, a diario, con gente que lo ha logrado, que viven de su sueño. 

            Ese es el objetivo del Club de las Mentes Inquietas: unir a todas esas personas que han decidido renunciar al conformismo y que están hambrientas de saber cada día más y convertirse en la mejor versión de sí mismas. Es un punto de encuentro de conocimiento, para compartir información y consejos, para darnos apoyo en todos los proyectos que decidamos emprender y para encontrarnos con diferentes especialistas que están comprometidos en mejorar la vida de las personas y por último, como diría mi venerado Steve Jobs recuerda:

“Stay hungry, stay foolish”

¡Comparte y Disfruta !

0Shares
0

1 comentario en “Comenzamos”

  1. ¡Qué buena descripción de este Club de Mentes Inquietas! En este post expresas exactamente el por qué tiene sentido que estemos aquí y ya estoy deseando conocer a todas esas Mentes Inquietas que seguro llegarán muy pronto

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies
Ir arriba