Del amor y otros demonios

Hace ya unos cuantos años, por circunstancias que dan para otro post, me vi viviendo sola, no fue una situación que eligiese, no decidí independizarme pero sucedió. 

Me costó muchísimo adaptarme a la nueva situación, sucedió a mis veinte y poco y tuve que aprender a cocinar, a gestionar mis gastos y a mantener la casa en mi tiempo libre. Lo más duro fue verme sola. Durante el día con todas las quehaceres diarios no era consciente pero cuando llegaba la noche… ¡Ay la noche! me metía en esa cama enorme, en silencio y esa sensación de vacío insoportable…

Entonces te das cuenta de que lo más difícil de vivir solo no es la soledad en sí, si no el hecho de enfrentarnos con nosotros mismos, el hecho de aceptarnos tal y como somos y que tenemos que aprender a amarnos, sobre todo si vienes con un montón de heridas del pasado y una autoestima inexistente.

Estamos viviendo una época en la que de repente lo que nos sobra es tiempo. Tiempo que tenemos que llenar y que podemos aprovechar para hacer todas aquellas tareas que nuestra ajetreada vida no nos permite llevar a cabo. 

Yo empecé por la gimnasia, me puse un vídeo de un entrenador personal y de la primera sesión salí con tantas agujetas que fui incapaz de moverme durante toda una semana. 

A muchos de nosotros nos dio por la limpieza y después por hacer los pequeños trabajos de bricolaje que nuestra casa necesitaba y que siempre estaban ahí pendientes. Además hemos terminado de ver unas cuantas series que teníamos en “la lista” de la plataforma de televisión que tengamos contratada y ¡cómo no! alguna novela que andaba cogiendo polvo en nuestra biblioteca.

El problema es que todas esa tareas no duran siempre, se acaban. Y después, ¿qué nos queda? eso es, quedamos nosotros…

¿Te has planteado que éste es un momento fantástico para cuidar de la persona más importante de tu vida? Tenemos tooodo el tiempo del mundo para hacernos la manicura (las uñas hay que cuidarlas aunque no te las pintes), darnos baños de sales o relajantes, exfoliarnos la piel, echarnos mascarillas o ir a la peluquería. 

Al igual que hacemos con nuestra casa y nuestras cosas, cada cierto tiempo, es bueno hacer limpieza mental ya que vamos acumulando ideas con el paso de los años que nos sirvieron hace tiempo pero en el momento presente ya no. La típica excusa del tipo “es que yo soy así” podemos cambiarla por “he decidido actuar así en este momento” ya que las etiquetas nos encorsetan y no nos dejan avanzar. “Es que yo siempre llego tarde” cambiémosla por “soy puntual”… 

¿Cómo lo hacemos para cambiar estos pensamientos? el primer paso es la observación, darse cuenta en qué contextos utilizamos este tipo de expresiones y cuando te sorprendas haciendo comentarios del tipo: “soy tonta”, “soy una inútil” o “¡Madre mía, qué desastre!” di ¡Stop! (a mi me gusta más ¡Quieta ahí! es más cañí) y sustitúyelo por una afirmación del tipo “me acepto y me apruebo tal y como soy”, “Evito castigarme y enfocarme en mis errores del pasado”, “nada está bien ni está mal, solo es”. Las afirmaciones son herramientas muy útiles para ir sustituyendo poco a poco nuestra manera de pensar y mejorar la imagen que tenemos de nosotros. Se recomienda dedicar unos minutos del día para dedicarlo a estas frases, por ejemplo por la mañana, durante 10 minutos, escogemos una afirmación relacionada con el aspecto que deseamos mejorar y, bien la escribimos en un cuaderno que tengamos destinado para ello o bien las repetimos mentalmente, a modo de mantra, mientras hacemos las tareas domésticas. Lo ideal es repetir la misma afirmación durante 21 días pero yo prefiero extenderlo a un mes, de esa manera se que cuando empieza un nuevo mes, me toca cambiar de afirmación.

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